El Templo Interior

La Casa de Dios

El templo es la Casa de Dios, Él/Ella. Vivimos en Su templo, en Ella.

 

Los Templos

¿Qué sentido tiene, entonces, erigir templos?

Somos a Su imagen y semejanza. Como tales, somos creadores y, como Él, hacemos templos, casas para Él/Ella.

El primer templo fue un círculo para contener Su presencia. Los primeros rituales de adoración se efectuaron dentro de un círculo trazado en la tierra, con el hombre en el centro, representación de la conciencia habitando la creación. Más tarde, a medida que hemos ido entendiendo Su Mente y los conceptos matemático/geométricos que se van estructurando en formas, hemos construido templos en los que tratamos de representar estas formas con la intención de contener Sus conceptos, Su energía y sentir con más claridad Su presencia. Hemos construido templos como cubos, pirámides, rectángulos áureos, etc. Después, al percibir la belleza deliberada en la creación, la hemos incorporado en nuestras construcciones sagradas.

En un principio los templos no eran una necesidad, sino una expresión natural de seres conscientes y creadores. A medida que hemos tomado control de nuestro entorno, y que hemos adquirido dominio sobre los ciclos y la materia, nos hemos creído el centro, y solamente invocamos lo sobrenatural para que esté a nuestro servicio. Lo profano se ha instalado en nuestras vidas y necesitamos lugares especiales donde contactar con lo sagrado. El templo ha pasado a ser concebido como algo “externo”. Es como si estuviéramos con Él/Ella en el templo, y lejos de Él/Ella cuando salimos. Podemos percibir la necesidad de cambiar este paradigma que no es real, puesto que Su templo es toda la creación.

 

La Construcción del Templo Interno

La Conciencia habita la Creación. A Su imagen, como chispa de Su conciencia, habitamos “nuestra” co-creación. Podemos decir, entonces, que “nos” habitamos. Así como Él/Ella construye Su casa a Su imagen, así nosotros podemos construir la nuestra, a nuestra imagen. Así Como Él/Ella busca Su identidad en un proceso eterno e infinito, expresándose, moviéndose y observándose, así nosotros buscamos expresarnos plenamente como espíritu/conciencia y podemos observar el proceso. Si comprendemos esto, nunca más reprocharemos a Padre/Madre lo que nos ocurre.

Él/Ella no nos impone la casa en que vivimos. El profundo sentido de la libertad que llevamos en nosotros, nos llevaría a rebelarnos y, por bella y grandiosa que fuera, la sentiríamos como una condena eterna. Si Padre/Madre nos diera un magnífico palacio y nos impusiera habitarlo por la eternidad, nos sentiríamos prisioneros, reyes prisioneros.

Entonces Él/Ella planea algo maravilloso: seremos nosotros, en un proceso evolutivo de toma de consciencia del amor, quienes construyamos nuestro templo, a nuestra imagen, y que podamos modificarlo eternamente, en co-creación con Él/Ella.

Por un lado podríamos lamentarnos del arduo camino que nos deja por recorrer y, como tantos, pretender que nos lo dé hecho. Así entramos en la paradoja irresoluble de anhelar ser libres y, a la vez, desear ser dirigidos.

 

El Templo Consciente

En el principio nuestra casa es natural, inconsciente, está en devenir. Si miramos dentro de nosotros vemos oscuridad y nos parece vacío. Esto nos asusta, pero cuando comprendemos que somos eternos dejamos de tener miedo. Entonces comprendemos que nos ha sido dada una gracia inmensa, la libertad de emprender la construcción consciente de nosotros mismos, de nuestra expresión manifestada: el templo interior.

A la imagen del Gran Arquitecto, nos toca aprender arquitectura, que es el arte de crear estructuras. Esto implica búsqueda de la belleza y de la armonía. La belleza y la armonía se encuentran en la unión entre la consciencia y la substancia, entre el espíritu sin forma que somos y la imagen en que nos movemos. Cuando nos reconocemos y construimos una imagen fiel y pura de nosotros mismos, a semejanza de Su belleza y Su amor, que puede contenernos como espíritu, la conciencia y la substancia vibran al unísono, se genera la música, el Verbo, el Hijo, Substancia de Amor.

El templo interior, la Nueva Jerusalén, es una imagen de nosotros mismos, conciencia de amor en substancia de amor, amados amando. Entonces somos plenamente Sus hijos, Sus templos vivientes…