El Poder de la Oración

La Oración

La oración es una manera de conectarnos con nuestro espíritu y alimentar nuestra alma. La oración puede adoptar muchas formas. Cuando oramos podemos pensar que nos dirigimos a una deidad, al universo o sólo a un ser superior.

En su esencia, la oración es una actitud interior mediante la cual la persona retira momentáneamente su atención de las cosas cotidianas para dirigirlas hacia Dios, como en una conversación. El fin puede ser pedir porque Él cumpla nuestros deseos y expectativas o también expresar sentimientos de amor, lealtad y gratitud.

Al avanzar en el crecimiento espiritual, la oración del creyente se eleva por encima de la invocación o petición de satisfacción de sus necesidades materiales y pasa a expresar sentimientos de arrepentimiento por las faltas pasadas. También para suplicar los dones espirituales, para dar rienda suelta a sentimientos de desamparo personal o para convertirlos en un himno de alabanza y gratitud a Dios por sus magníficas generosidades. Finalmente la oración da paso a la contemplación de la belleza del mundo, de la creación y sus seres.

Por lo tanto el contenido perfecto de una oración no puede ser otro que el de un anhelo de mayor cercanía a Dios, en la aquiescencia radiante de Su Voluntad. Cualquier otro pensamiento es la expresión de un grado inferior de madurez espiritual.

 

Formas de Orar

La oración se exterioriza gracias al medio más típico de comunicación del ser humano: la palabra. Sin embargo, hay oraciones “silenciosas”, que no llegan a verbalizarse. Se expresan tan sólo de pensamiento. Por otro lado, la oración ritual implica algunas veces la ejecución de gestos que poseen un sentido simbólico. Por ejemplo, en la oración musulmana (salat) la postergación constituye un símbolo de la sumisión a Dios. Es evidente que las palabras contenidas en cada oración son medios, instrumentos, pero no la esencia.

En realidad, la oración se eleva “por encima de las palabras y letras y trasciende el murmullo de las sílabas y los sonidos”, hasta adquirir localidad de una condición pura de desprendimiento y comunión con Dios. A veces, esta condición recibe el nombre de contemplación. En este caso, se cumple la función más importante de toda plegaria, esto es, contribuir a crear ese “sentimiento mítico que une al hombre con DIOS”, ese “estado de comunión espiritual” que es el corazón de la creencia religiosa.

Aparte de la oración personal, existe la oración colectiva, que constituye en todas las religiones una ocasión para el encuentro de la comunidad de los fieles. La oración es parte de todas las religiones y su significado siempre es más o menos el mismo. En cuanto a sus formas, difieren considerablemente. Mas estas diferencias son parte de los aspectos externos. Lejos de tomarlos por justificación de conflicto, deberían verse como parte de la riqueza cultural de la humanidad.

 

Crear la propia Oración

Es fácil crear sus propias oraciones. Las oraciones no tienen que ser elaboradas o bonitas, sólo se necesita hablar con el corazón en la mano. Si algo le preocupa, es conveniente hablar de las dudas o del dolor que se siente. Lo ideal es rezar como si se estuviera hablando con un amigo comprensivo, amable y compasivo; pedir ayuda, hacer preguntas que le inquieten y después esperar a recibir las respuestas.

Utilizar las oraciones escritas renuevan y exaltan los símbolos con que fueron creadas. No obstante uno también debe estar abierto a darse el permiso de crear un pedido personal. Este pedido será escuchado igual si es convocado desde su luz, desapego y amor.

La oración nos proporciona indudablemente un espejo de nuestro interior. Cuando hacemos una plegaria a lo supremo, reflejamos nuestras impotencias y limitaciones. Generar el puente entre nuestras debilidades y fortalezas y tomar consciencia de ello, es una maravillosa oportunidad para darnos cuenta de quienes somos y como la conexión de nuestra divinidad interna nos habilita en el camino hacia la trascendencia y realización.