El Poder de la Integridad

El Poder de la Integridad

Integridad

El concepto integridad está relacionado con completo, entero. Pero no le decimos a una persona que es íntegra solamente porque está entera, sino porque tiene “entereza”.

“Integridad” indica totalidad, pero también: rectitud, coherencia, ética, etc. Integrar, además, se refiere a hacer nuestro, hacer consciente, aunar, fusionar, constituir un todo, constituir un entero, un uno.

Lógicamente, para integrar debemos buscar un punto, un centro, desde el cual realizar la integración. No es concebible integrar el infinito partiendo de infinitos puntos, pero sí emprender la integración del infinito a partir de un punto central.

Entonces el concepto nos transporta a la idea de una totalidad coherente con entereza, con ética, alrededor de un centro.

 

Las Partes

Somos seres únicos, cada uno de nosotros es diferente a los demás. Ya que somos únicos, deberíamos ser íntegros, tener control sobre todo nuestro ser, pero esto está lejos de nuestra realidad común. Aún si lo intentamos con perseverancia nos cuesta lograrlo. O si lo logramos es parcial o temporal.

Estamos desintegrados, separados, desconectados de nosotros mismos. En similares circunstancias, en distintos momentos, reaccionamos de formas diferentes, no parecemos siempre el mismo ser…

Nuestro cuerpo está hecho de partes: cabeza, tronco, brazos, piernas, manos, corazón, etc. ¿Qué pasaría si no funcionaran integradamente, si solamente sintiéramos un pié, o una mano, o la nariz a la vez? Sin embargo cualquier movimiento, de cualquier miembro, implica la conexión de todos los demás. Un dolor, en cualquier parte, provoca el malestar general; un placer, en el olfato o el tacto, por ejemplo, provoca el bienestar general.

Así debería ser nuestra personalidad. De hecho, desde el alma lo pretendemos, pero nuestros egos no lo permiten.

 

El Centro

En el reino manifestado nuestro ego es el centro. Y así debe ser para que podamos estar presentes aquí y ahora. El ego es nuestra identidad en esta encarnación. Podemos comparar el alma con el actor y el ego con el personaje que interpretamos temporalmente. Como egos tenemos capacidad de elegir para poder evolucionar pero, conscientes de nuestra libertad, interpretamos erróneamente el personaje, y el personaje se toma por el actor. Pero el personaje no tiene vida más que en la imaginación, porque la Vida es en sí, eterna. Podemos crear personajes, pero el soplo de vida solamente lo puede insuflar ÉlElla, Dios.

Nosotros, como personajes, sabiéndonos temporales, luchamos desesperadamente por mantenernos “fijos”, pero como no podemos fijar la totalidad desde el ego, irreal puesto que no es eterno, lo hacemos por partes. Y así, solamente nos permitimos enfocarnos parcialmente. Durante mucho tiempo preferimos vivir desintegrados e infelices que rendirnos a la evidencia.

Pero algún día, a través de la ley causal, vemos nuestras limitaciones y comprendemos que debemos conocernos completamente. Así comienza el proceso de integración.

 

Integrar

Para integrarnos, primero debemos encontrar nuestro centro. Una vez identificado, podemos trazar líneas de consciencia hacia todas las partes de nuestro ser.

Nuestro centro es nuestra verdadera identidad, que no se disuelve ni siquiera en la muerte. Recordar nuestra identidad solamente es posible con profundo amor y humildad. Nuestra identidad está en el espíritu, pero no podemos recordar mientras creemos que únicamente somos esta identidad temporal. El personaje, libre porque viene de un espíritu libre, quiere olvidarse que es una creación del actor, así cree gozar de ser el centro y de crearse a sí mismo.

Si creemos en la realidad de esta identidad temporal no nos queda más remedio que creernos perfectos, porque si no admitimos el origen divino no podemos admitir la evolución. Como egos nos parece cruel no ser ya perfectos y se lo reprochamos a Padre/Madre. Esto no hace sufrir mucho porque si pretendemos la perfección no nos podemos amar, ya que en el fondo sabemos que somos imperfectos.

Si fuéramos perfectos seríamos ÉlElla, no tendríamos identidad propia. Al comprender y aceptar la imperfección, podemos tomar el camino eterno de perfección y, humildemente, nos rendimos como egos y recordamos la identidad eterna que ÉlElla nos da.

Partiendo de nuestra identidad verdadera, podemos comenzar a enlazar, a integrar nuestras partes, y alcanzar la conciencia de la totalidad, de la unidad, de ser uno. Sabemos, entonces, que somos creados por amor, que somos amados incondicionalmente como hijos, y que no somos juzgados porque ÉlElla sabe que nos hace imperfectos. El milagro del amor mútuo nos muestra el camino recto, ético, de la integridad.

Ser íntegro, estar integrado, es ser y estar en unidad con ÉlElla, en su Amor, en consciencia completa. Así, nuestro intento no tiene oposición en ninguna de nuestras partes ocultas o inconscientes y, en la integridad, gozamos del verdadero poder: en libertad y en consciencia permitimos que Sus intenciones se realicen en nosotros y a través de nosotros. Dijo el Maestro: “No hago nada por mí mismo, solamente realizo las obras de mi Padre”.